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El primer día de la semana

Digamos una perogrullada: el domingo es el primer día de la semana. Desde hace más de dos mil años, los cristianos han consagrado este día para recordar al Señor. En la mañana y/o en la tarde, la comunidad cristiana se reúne para recordar que la Verdad se encarnó, vivió entre los hombres, perdonó el pecado de la humanidad y resucitó para ser el primero, o bien, en palabras de Pablo, el nuevo Adán. A eso de las diez u once de la mañana, ese grupo le dice a las sociedades donde conviven: “Jesús es Señor”, sin duda el credo más antiguo y más concreto de cuantos existen.

En ese grito, en ese clamor cristiano, los seguidores de Jesús recuerdan su pasado (pecador, alejado de la Luz), su presente (perdonados, arrepentidos) y su futuro (la vida eterna). Y en ese repaso de hechos, el cristiano da ánimo a sus compañeros, que él llama hermanos. Los hermanos encuentran en el domingo la reunión familiar de los nacidos de nuevo, no de los perfectos, no de los vendedores del evangelio. No. Los hermanos llegan a ver a su familia espiritual y cantan, se abrazan, ríen, lloran y vuelven a animarse. Una semana completa les espera. Pero en esas horas de domingo, los cristianos festejan el Espíritu que vive en medio de ellos. Ese Espíritu es el regalo que su Maestro les dio cuando se reencontró con el Padre. En su reunión, los cristianos recuerdan que están sellados con el Espíritu Santo.

Pero hay algo más. En ese domingo, los seguidores encuentran una comunión espiritual, una comunión con el Padre, pero también una comunión histórica con sus antepasados. Sí. Los cristianos que cada domingo se reúnen están haciendo lo mismo que todos los cristianos de todas las épocas. Los grandes y los no tan grandes héroes del cristianismo hacieron lo mismo que aquel que acaba de conocer a Cristo. En cierta manera, Pedro, Pablo, Juan, Timoteo, Ireneo, Orígenes, Juan Crisóstomo, Agustín, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Erasmo, Lutero, Calvino y miles de hombres más hicieron, en esencia, lo mismo que hoy hacemos los cristianos cada domingo. Ellos tenían el mismo Espíritu que hoy tienen los discípulos de Jesús y, por lo tanto, sus voces siguen retumbando ahí donde dos se reúnen el domingo para decir: “Jesús es Señor y Salvador”.

Conflictos, conflictos

Cuando Pablo decía a Timoteo que un hombre de Dios no debe andar en peleas nos está diciendo que, de hecho, sí hay conflicto en la iglesia. Tenemos la idea de que en una iglesia “sana” no hay problemas. Vemos con cierta parcialidad aquello de que “pensaban de la misma manera”, pero olvidamos que en esas mismas páginas se describe un conflicto serio (el de las viudas griegas con las hebreas). Pablo hace recomendaciones sobre cómo vivir en la comunidad cristiana seguramente porque existían divergencias en esas congregaciones. Digámoslo con franqueza: en una iglesia cristiana hay conflictos.

El Espíritu Santo es la gran solución a esos problemas. Mientras los temas y las doctrinas esenciales sean respetadas, todo lo demás es y deberá ser discutido. Hay veces que un líder vendrá con una gran idea, un plan único, pero llega ante la iglesia y ésta no solo no se entusiasma sino que hasta cuestiona. Ese líder tiene dos opciones: renegar de su (terco) rebaño o meditar si su idea era divina o humana. Si es divina, siempre habrá un remanente que lo siga. Pasó en Israel y pasará hoy. Pero si ese plan era humano, no tendrá más que someterse ante la evidencia de que todo lo carnal, por muy bonito que aparente ser, es efímero. Podrá usar métodos humanos para negociar y convencer. Con suerte, ese líder logre sacar adelante sus métodos. Pero si no lo logra, no debe frustarse: Dios habla siempre por medio de su Iglesia.

Mientras yo diga: “según mi punto de vista…” o ” yo creo que…” debo esperar oposición y debate. Pero cuando un cristiano clama: “El Señor dice…”, yo debo callar y obedecer. Discutiré cualquier asunto humano, pero jamás la voluntad de Dios. Así que, gracias a Dios, puedo decir: “bienvenido sea el conflicto”.

La Gran Comisión revisitada

«Dios me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Vayan pues a la gente de todas las naciones y háganlas mis discípulos, bautícenlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes. Por mi parte, yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.» (Mateo 28: 18-20).

He aquí el caballito de batalla del proselitismo religioso más agresivo. Su argumento dice que así como Jesús mandó a los Doce, así manda a cada generación a hacer discípulos de de todas las naciones. Después del bautismo, continúa un proceso de enseñanza que en nuestra iglesia se llama «discipulado». Pero la clave no está en esto último sino en aquello de «ir a la gente de todas las naciones». Se enfatiza «gente», «todas» y «naciones» para decir, «vámonos a la misión» que traducido quiere decir, «engordemos nuestras iglesias (o denominaciones)». El argumento mezcla verdades contundentes con opiniones y pierde de vista algunas obviedades.

Vamos por partes. El evangelismo es «enseñar todo lo que yo [Jesús, el Cristo] les he enseñado». Es decir, evangelizar es anunciar lo que Jesús anunció. Evangelismo es llamar a todo individuo a ser discípulo (seguidor) de Jesús. Es así como podemos decir que el “discipulado” no es otra cosa sino evangelismo porque se está anunciando o enseñando aquello que Jesús mandó. No se puede decir que uno no está cumpliendo con la Gran Comisión si está enseñando a Cristo a otro hermano de fe pero no trae visitas a la iglesia. Medir el éxito de un cristiano por el número de amigos que trae a cada reunión es tratarlo como un simple vendedor que gana más comisión si vende más. Esto no es lo que enseñó Jesús.

¿No hay que ir a la calle y anunciar el mensaje? Ciertamente, la primera generación de discípulos predicaba las buenas noticias a luz del día y cuando no se pudo hacer porque la persecusión arreciaba, lo hicieron también en las tinieblas de las catacumbas. Pero debemos notar que lo primeros cristianos, aquellos Doce, primero evangelizaron a sus familias. Los evangelios tienen varios ejemplos de eso: Juan y Andrés van a ver a Jesús, luego, Andrés va con su hermano Pedro y le presenta al Maestro (Juan 1:41-42). Luego, Jesús llama a Felipe quien va a buscar a un amigo cercano, Natanael (Juan 1:44-45). Juan y Santiago eran hermanos (Marcos 1:19). Y cuando enferma la suegra de Pedro, Jesús la sana (Marcos 1:30-31). ¿Y qué decir de la familia de Lázaro (Juan 11)? ¡Familia por todas partes! Si no somos capaces de anunciar a Cristo con nuestras familias, que nos conocen al menos en forma externa, ¿por qué ir con los desconocidos de la calle? La respuesta es simple: porque ellos no nos conocen, porque el fruto del Espíritu Santo no es conocido por ellos. Puesto que el primer ministerio de un cristiano es la casa (1 Timoteo 3:5) el evangelio debe ser anunciado, en primer término, a la familia.

Pero sigo sin responder si no se debe hacer ningún tipo de proselitismo callejero. En el siguiente post hablaré de esto. Baste repetir una vez más que el Nuevo Testamento (y con mucho mas fuerza, el Antiguo) nos enseña que el primer grupo de personas a las que un cristiano tiene que evangelizar es su propia familia.

¿Números santos?

«Iglecrecimiento» han traducido al español un término anglosajón que se refiere a una tendencia eclesiástica según la cual entre más gente albergue una iglesia más saludable es. Y podrían añadir: es mejor, más santa y más espiritual que las pequeñas congregaciones que no «crecen» en años. Claro, ellos no lo dirán así jamás (no en público) y le quitarán las comillas a la palabra crecimiento. Porque para ellos, fuera las complicaciones, crecer es igual a tener el número más grande de miembros. No los cuestiones porque dirán: «es la misión que nos dio Cristo», «¿no has leído Hechos, los tres mil, los cinco mil?». Te citarán Mateo 28:18-20, Juan 15, Hechos 4:4. Te dirán que la iglesia es un cuerpo y que todo cuerpo debe crecer, si no muere.

¿Quiénes son estos promotores de la mercadotecnia espiritual? Los propagandistas y proselitistas de su iglesia son, digámoslo sin cortapisas, herederos de la reforma protestante. Hijos quizá mal queridos de Lutero, su vocabulario está lleno de frases provenientes de la versión Reina Valera y sus métodos no son tan diferentes de una organización en pirámide. Cuando se les recuerda que el grupo que más crece es el de los mormones y el de los Testigos de Jehová y que, si seguimos sus argumentos, ellos sí que son «saludables» o en todo caso que la Iglesia cristiana más grande es la católica romana, lanzan sus adjetivos favoritos: falsos, Babilonia, superficiales, desviados. Sí, lector atento, enseñan su profundo rostro sectario. Pero no les digas eso porque es peor que ofendieras al Espíritu.

¿A qué viene todo esto? ¿Estás subestimando el evangelismo, Venegas? ¡No! Los siguientes posts hablarán del tema pero lo quiero dejar claro desde ahora: el evangelismo es un mandato que todo cristiano, y por extensión, toda iglesia tiene que cumplir. En los próximos días vamos a hablar sobre el tema, pero desde ahora lo digo: evangelismo no es sinónimo de competencia en el mercado religioso por ganar más almas. ¡No! Evangelismo es anunciar el evangelio de Cristo. ¿Qué hacemos cuando invitamos a alguien? ¿Lo invitamos a «nuestra iglesia» o lo invitamos a conocer a Cristo? El tema, sin duda polémico, nos servirá, de paso, para saber qué entendemos por Iglesia. Ni más ni menos que eso.

La comunión

Gálatas 1:4
«Jesucristo se entregó a la muerte por nuestros pecados, para librarnos del estado perverso actual del mundo, según la voluntad de nuestro Dios y Padre»

La voluntad de Dios fue librarnos. ¿De qué nos libró? ¡De un mundo perverso! Nos trajo a su Reino. La comunión nos recuerda eso pero también nos recuerda que ahora somos una nación santa, un pueblo elegido por Dios y consagrados por medio de Jesús. Cuando la tomamos, nos estamos reafirmando como pueblo elegido. Todos tomamos del mismo pan y del mismo jugo para recordar que somos uno solo, que si uno sufre, los demás también padecen.

La Santa Cena reúne al pueblo de Dios. Le recuerda a su Maestro. ¿Es gratuito que la oración más cristiana empiece diciendo “nuestro”? No. Por eso, ahora que tomes del pan y del jugo, piensa también en el hermano con quien tienes un rencor, una mala actitud o un pensamiento en su contra. Recuerda que Jesús es también su Señor. Él murió por nosotros, es decir, también por ese hermano que tú criticas. Cuando lo haces, ¿se te olvida que Jesús murió para sacarnos de un mundo perverso? En ese mundo perverso hay chismes, rencores y resentimientos. ¿Se vale que eso lo padezcamos también en la familia de Dios? No. Mil veces no. La comunión debe unir a los cristianos. Mira ese pan y ese jugo. ¿Por qué lo tomas dentro de esta reunión? ¡Porque Jesús ordenó que lo hiciéramos cuando nos reuniéramos! Él sabía que habría conflictos, pero la Santa Cena los iba a regresar al punto esencial: todos somos iguales delante de Dios.

Perdona a tu hermano por la cruz de Jesús. No lo veas a Él, ve antes la cruz de tu Maestro. En el Gólgota Jesús también murió por los apóstoles, esos que lo habían abandonado. Si Él los perdonó, ¿por qué tú no? Si Él los amó sin condición, ¿por qué tú no lo haces? Ama y perdona por la cruz.

Un domingo de festejos

Vaya día tan largo. A las 10 ya estábamos en el salón, conectando el proyector, probando audio y en suma preparando la proyección de la película “A prueba de fuego”. Varias palomitas y lágrimas después, a guardar todo. Nuestro querido grupo de universitarios preparó un pastel para Rosita y para mi. Luego, en casa de Marín me esperaba otro pastel en el que dejé la cara (vendrá la mía Chucho). De ahí, a casa de mi familia política donde me esperaba un mole delicioso. No contento, salimos para la fiesta de la renovación de votos en Iztacalco (donde, por cierto, los Chávez también renovaron sus votos luego de diez años de matrimonio). Sólo llegamos a recoger las mesas y a felicitar a las felices parejas.

Un domingo donde ser cristiano se volvió un ir y venir constante y más pasteles que comer. Miren esta extraña foto.

Menos yo y más Cristo

En cualquier curso o texto básico sobre predicación (o si quieres usar una palabra rara, homilética), se enseña el tema de las ilustraciones, que no son otra cosa que ejemplos para dejar claro algún asunto tratado en el sermón. Cuando Jesús contaba alguna parábola estaba haciendo uso de este recurso. Las parábolas servían para aterrizar enseñanzas que luego los teólogos se encargarían de complicar. Pero esa es otra historia.

Así que las ilustraciones son un apoyo para el expositor. No se nos debe olvidar eso pues lo contrario haría de un sermón una colección de historias, de alegorías, de ejemplos. El adorno y no el edificio completo sería el centro del discurso. Por eso no hay que abusar de las ilustraciones. Ni muchos chistes ni muchas historias aleccionadoras ni mucho menos historias personales.

Porque sí, aceptémoslo, hay predicadores expertos en mezclar el evangelio con bellísimas historias donde ellos son los protagonistas. Vaya, contar alguna anécdota personal no está mal, pero aventarse media hora escuchando las aventuras del predicador puede ser divertido pero nada cristiano. Por más que el predicador compita en santidad con el mismísimo Saulo de Tarso, nada justifica que la comunidad cristiana escuche los hechos del líder en turno y no los Hechos de los Apóstoles. La línea entre mostrar el poder de Cristo en nuestra vida y mostrar nuestra arrogancia es muy delgada. Empezamos diciendo qué hizo Dios con nosotros y terminamos colocándolos en el centro del mensaje.

Este método de predicar el ego es, a todas luces, un error. En primer lugar, y más grave, el predicador enseña más su Yo y menos a su Señor Jesucristo. Y la labor de todo aquel que diga hablar de Dios es… ¡hablar de Él! El evangelio, Jesús, Dios: he ahí donde debe estar centrado el sermón. Todo lo demás es adorno, bello o feo, pero ornato vil. Qué bueno por el santo pastor que se acerca a ser un superhombre, pero la iglesia quiere escuchar a su Padre celestial.

El segundo problema con esto consiste en hacer parecer a los demás poco menos que pecadores irredentos. Cuando desde el púlpito se muestran las aventuras personales y no el mensaje divino, quien escucha puede pensar: “caramba, qué lejos estoy de ser santo” pero la comparación no será con su Señor y Salvador, sino con su señor pastor, humano que sólo anda de presumido y no diciendo “Esto NOS dice Dios”. Así inician los tristes cultos a la personalidad del líder. Porque hay líderes (a veces parecen legión) que están a nada de pedir la construcción de un altar a ellos y a sus (sagradas) familias. Claro, todo a costa de los feligreses. Pobres pastores que se hacen ricos con las ovejas: Dios les pedirá cuentas.

Así que, amigos predicadores, dejemos que el mensaje vaya a lo más profundo del ser, que nuestros oyentes no digan: “mira qué bonito predica” sino que cuando vayan a agradecerte digan “gracias porque sentí que Dios me habló hoy”. Porque no somos más que vehículos, embajadores, voceros, recipientes que queremos vertir en nuestros hermanos y amigos lo que se nos fue dado. Honremos, pues, a los que se suben al púlpito y dicen: “Esto dice el Señor…”.

¡Felíz día del abuelo!

Pues eso. Que el día de hoy, el último viernes del glorioso mes de agosto, se festeja internacionalmente al “adulto mayor”, pero como no me gustan esos eufemismos, mejor les llamamos viejos o abuelos (aunque las dos cosas no sean sinónimo). En nuestra iglesia tenemos un grupo que hemos bautizado como “Nohemís” (agradable, en hebreo), en honor a ese personaje entrañable que aparece en el libro de Rut. Vaya para ellas un abrazo y una felicitación.

Y también, cómo no, habría que felicitar a Daniel Matías, Vic Perea y otros hermanos queridos que se niegan a decir su edad. ;)

Cumpleaños feliz

Lo cierto es que, salvo la edad cumplida, ha sido uno de los cumpleaños que más he disfrutado. Recibí correos electrónicos (bendita tecnología), llamadas, regalitos, pasteles, muchos abrazos, vaya hasta pensé que no era a mí a quien felicitaban.

Al final, ya cuando pensaba que el día estaba terminando, Hugo (líder de adolescentes) y Felipe (el joven del que hablé el otro día) me esperaban en la casa para felicitarme y darme un regalo. Antes de dormir, mientras pensaba en lo que había pasado en el día, pensé que por esos hermanos sencillos, sin complicaciones, que entregan su corazón sin esperar nada, por ellos es que cuando uno se siente cansado, vale la pena rehacer los pasos y regresar a la batalla. Mis amigos son los mejores (sí, suena medio cursi, pero mis neuronas no encontraron otra frase). Y esta ha sido una celebración memorable, al menos para este servidor.

En la frontera de los 30

Creo que a todos les pasa. La dictadura del sistema decimal más la tiranía del tiempo hace que los cambios de dígitos en los cumpleaños sean eventos por todos temidos. Casi, casi, llego a los 30 y eso es algo que me abruma. Lo único bueno es que en literatura uno puede tener 50 años y todavía lo consideran joven. Lo malo es que cuando uno se pone a pensar en todo lo que ya no hizo, cuando la palabra “promesa” se va uniendo a “fallida” y cuando, en definitiva se vuelve a preguntar, cual adolescente irredento, quién soy y a dónde voy, pues los días se convierten en un periplo más o menos emo y los cumpleaños empiezan a pesar.

Qué época para ir a los treinta. Crisis por todos lados: crisis de agua, crisis de seguridad, crisis económica, crisis deportiva y los pesimistas ampliarán la lista a crisis artística. Obscuro mundo (y no hay nada de más en el adjetivo) al que algunos optimistas todavía traen más vidas. Ahora que, pensándolo bien, el pesimismo no es opción. Uno sufre de más: la primera parte se sufre de a gratis y si el diagnóstico pesimista se vuelve una realidad, la segunda parte también es un sufrimiento. Pero cuando eres optimista, todo el tiempo es disfrute. Así que declaro una cruzada anti pesimista, declaro que ser pesimista is so eighty! Y que lo de hoy es ser feliz. Dejemos la peor crisis que ha visto nuestra generación, la pasada y la pasada de la pasada al arbitrio del tiempo (por ahora).

Bueno, además de que hoy soy ligeramente (solo algo) más pesado que hace 15 años, que hoy tengo una mujer que cuando despierto me hace pensar en lo tonto que soy cuando el pesimismo me aqueja (aunque es pesimismo discriminador y no todopoderoso), que recibo abrazos bien intencionados (y otros no tanto pero igual valen) y que mi familia sigue vivita y coleando, les informo que hace 29 años (venga, parte de cambiar el problema consiste en reconocerlo, pero, ¿cuál problema?), justo hace tantos años (ni tanto dice mi padre de 67, bonito número) nací. Hoy pues, me recuerdo a mí mismo en ese acto narcisista que la sociedad encumbra para felicidad de los más jóvenes y pesar de los más viejos y que se resume en esto: hoy es mi cumpleaños.