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Una reunión sui generis

El martes pasado tuvimos una de las reuniones más extrañas. En el salón dónde nos reunimos se celebraría una fiesta de policías. Cuando llegamos, ¡policías armados adornaban el lugar! De hecho, la alabanza inició y algunos agentes pasaban al frente a arreglar algunas cosas.

Poco a poco entendieron que podían esperar, pero fue, sin dudarlo, una de las reuniones más singulares que nos haya tocado. Les dejo un par de fotos.

Una noticia fúnebre

Leonel Torres es evangelística en la iglesia del DF y un gran amigo. El día 21 de diciembre murió su padre. Él murió siendo cristiano y sabemos que podemos decir: “¿dónde está, oh muerte, tu aguijón?”. Sin embargo, por lo repentino de la noticia y por el hecho de no volver a verlo, nos sentimos tristes.

Toda nuestra oración y nuestro amor a la familia Torres, siervos incansables de Cristo.

Nuestros primeros meses. 5.

Colofón

Y sí, hemos sido invitados a visitar otras iglesias. Fuimos a Toluca, a Puebla y a Oaxaca. Vinieron Abel y Aarón, hermanos que trabajaron en estas tierras. Conocimos a Andrés y Ara, Daniel y Laura, Hugo y Lety, Jorge y Miram, Rusbel y Anel (que pronto será mamá por primera vez); Albino, Beni y Marta, Marco y Tere y más y más… nombres que sólo tienen sentido en aquellos que tenemos el lujo de su amistad. Claro, trabajar a lado de Marín y su esposa nos brinda una oportunidad inmejorable para aprender del ministerio.

Desde noviembre nos reunimos entre semana por separado dos grupos. A partir de enero tendremos también dos  turnos los días domingo (a nosotros nos toca temprano).

Perita y yo cumplimos dos años sin planes de hijos (al menos por el momento) y sigo trabajando donde siempre. Con todo y que extrañamos a nuestros hermanos de nuestra región anterior, no preguntamos por qué nos cambiamos, más bien nos preguntamos por qué no lo hicimos antes.

Si Dios lo quiere, seguiremos informando.

Nuestros primeros meses. 4.

Lo que nos espera

La historia se escribe cada día. El proverbio es claro: “el hombre hace muchos planes, pero sólo se realiza el propósito divino” (Prov. 19:21). ¡Qué alivio! A nosotros nos toca planear, pero Dios puede (y lo hace a menudo) rehacer todo aquello y al final lo que prevalece es su voluntad. Recordemos también lo que dice el salmista: “De nada sirve trabajar de sol a sol y comer un pan ganado con dolor, cuando Dios lo da a sus amigos mientras duermen” (Salmo 127:2). No es una medicina contra la negligencia y la pereza: es un reto a confiar plenamente en que Dios mueve a su pueblo en la dirección que él quiere.

Si nos preguntan qué queremos ver, contestaría que deseamos ver una iglesia que adore en el Espíritu, que sirva a Dios, que ame y enseñe a cada discípulo a obedecer a su Padre y que predique a Cristo a toda alma necesitada. El lector perspicaz verá en esto rastro de lo que enseña Rick Warren en su método llamado “iglesia movida por propósito”. Es cierto, hemos tomado prestado de Warren algunos de sus enseñanzas porque creemos que el pueblo de Dios puede y debe aprovechar las experiencias de otros hermanos. No nos incomoda decir esto ni decir que en el futuro podemos pedir prestado otras ideas y enseñanzas siempre y cuando no se aparten de la enseñanza bíblica.

Queremos ser una iglesia bíblica. No pretendemos reinventar la rueda. La innovación está bien y es deseable en otras áreas humanas. Porque, al fin y al cabo, somos una religión de libro. Todo está ahí. No tenemos más que pedir la guía de Dios a través del Espíritu Santo para ver una iglesia santa que camina en este mundo pero que tiene la mirada puesta en el cielo. El cielo nos espera. Y todo esto no es algo que se nos haya ocurrido a nosotros. Dos mil años no son pocos: ahí hay un arsenal de herramientas para conducir al pueblo de Dios. Él ya dio todo para nuestro bienestar. Nos corresponde elegir la herramienta correcta para cumplir con sus propósitos.

La iglesia en Neza no es, por mucho, el patito feo en nuestra familia de congregaciones. Tampoco es el modelo. La iglesia aquí no es más que la expresión particular de una forma de vivir y de seguir lo que el Maestro enseñó. Y una de la enseñanzas más marcadas en Jesús es que el amor distinguiría a sus seguidores. En efecto, en Neza nos hemos sentido amados y respetados por nuestros hermanos. Lo agradecemos mucho.

El futuro nos espera. Dios está ahí, dispuesto a abrir las puertas de la bendición. Es cuestión de seguir creyendo en Él. Amor, fe y esperanza, eso enseñaremos y practicaremos en el próximo año. Veremos la gloria de Dios y gritaremos con Pablo:

Y ahora, gloria sea a Dios, que puede hacer muchísimo más de lo que nosotros pedimos o pensamos, gracias a su poder que actúa en nosotros. ¡Gloria a Dios en la iglesia y en Cristo Jesús, por todos los siglos y para siempre! Amén (Efesios 3:20-21).

Nuestro primeros meses. 3.

Retiro

Lo cierto es que deberíamos llamarlo destrucción. Pero no lo usamos porque no rimaba. Esta parte del trabajo parece sencilla pero requiere de mucho discernimiento. Por eso es que, dentro de la albañilería, hay destructores profesionales. No sólo es tomar un mazo y dar golpes por acá y por allá. ¡Si tiran una trabe, se viene abajo el techo! Por otra parte, todo aquel que ha destruido un objeto, sabrá que hay un placer extraño en eso. Cuando cambié un depósito de agua, tenía que bajarlo de la azotea a la planta baja. Pero el vecino construía su casa y sacaba desperdicio todos los días. Así que opté por bajarlo de la manera sencilla: tirarlo por la azotea y que cayera del otro lado. Verlo caer, destruirse y rodar por el piso me desahogó.

Más allá de mis características psicológicas, la destrucción debe usarse como un recurso dentro de la iglesia. Cuando llegamos a Neza había muchas cosas que no servían. La iglesia estaba contagiada de una suerte de escepticismo colectivo. Una hermana de tiempo en la fe, nos expresó: “no creo que ustedes sean los indicados para estar al frente”. Excelente: como pastores, mejor vamos atrás del rebaño. Otro hermano me dijo: “sinceramente ya no pongo atención a las clases del predicador porque no sólo son aburridas, ¡no le entiendo nada!”. Una hermana aconsejó: “si ella no se divorcia por la iglesia católica, no puede bautizarse”. Y muchas frases más que indicaban algo: tenemos que destruir la ignorancia, el desánimo y la amargura.

La ignorancia es peligrosa. Si eres discípulo de Jesús y no sabes qué hacer, pídele al Espíritu que te lo diga. He aquí el resumen de lo que queríamos infundir. No se trataba de llenar de conocimiento a la iglesia. Se trataba que eso que ya sabíamos se los transmitiéramos en lo que veíamos como la mayor necesidad: la humildad y el ejemplo que como dirigentes cristianos debemos tener. Porque pude dar una clase de exégesis de Juan 1:1, ¿y luego qué? ¿Que siguieran en la ignorancia espiritual? No, no es que no supieran, lo que sucedía es que habían colocado al Espíritu Santo en un altar y no lo usaban. En lugar de ir con el Espíritu, querían encontrar respuestas en el discipulado. El discipulado es una herramienta para que los cristianos se instruyan los unos a los otros, pero no suple el trabajo del Espíritu. Había que recordar esto y derruir la tendencia de ser guiados por la experiencia humana.

También teníamos que destruir el desánimo. El mexicano es solemne por naturaleza. Pero acá percibíamos una carencia de alegría en muchos hermanos. No eran todos, claro, pero iniciar una reunión con alabanza era como intentar mover un trailer empujándolo. Hay una contradicción cuando la tristeza y no el gozo es el sello de un seguidor de Jesús. Por muchos problemas que existan, los cristianos dicen como esa canción: “se cae aquí, tropieza allá, se levanta de nuevo y se pone a cantar”. Ahí donde hay libertad, está el Espíritu, y donde está el Espíritu hay paz y alegría. Algo muy malo está ocurriendo en un grupo de seguidores de Jesús cuando el desánimo ha inundado sus corazones.

Finalmente, la prima del desánimo, la amargura, también debió ser destruida. La amargura es una planta maligna que puede crecer en la mente y el carácter de aquel que no ha visto bendiciones (o que no las reconoce). Está el típico discípulo que llegó muy joven a la iglesia y que ahora, a sus 40 años, sigue soltero. Lo vemos triste pero al mismo tiempo es muy “celoso” de las cosas de Dios. Tiene todo el aspecto de un piadoso. Pero en realidad es un legalista: aquel hermano que vive fijándose en qué reglas se cumplen y en cuáles se violan para ir con la espada desenvainada para cortar la cabeza no del pecado sino del pecador. Eso no puede existir en la iglesia de Cristo. Eso teníamos que destruirlo.

La destrucción provoca mucho polvo. En Neza más de uno se sintió regañado, señalado e incluso ofendido por la enseñanza que dimos en estos meses. Era normal. Nosotros veníamos de fuera. Nos une Cristo, pero la sospecha es natural: ¿a qué vienen?, ¿por qué ustedes? ¿Qué quieren? Teníamos que decidir tolerar el pecado o amar a los hermanos. Y el amor, a veces, duele.

Reconstrucción

Dice el diccionario que reconstruir es volver a construir. Cuando llegamos, platiqué con un líder querido que trabajó en Neza algunos años. Le dije: “estamos iniciando acá”. En el acto me corrigió: “estás reconstruyendo, estás siguiendo algo que ya comenzó”. Cierto. Luego de decidir qué restaurar, luego de demoler muros de falta de amor, teníamos que quitar los escombros y volver a construir. Nuevos tabiques, nuevo cemento, nuevos recubrimientos. No sobre los escombros, sino en un área ya limpia o incluso siguiendo el plan maestro. Esto no es difícil: la Biblia marca claramente cuál debía ser la forma final del edificio cristiano. Debemos aspirar a ser una novia perfecta y sin mancha para el día que Jesús nos despose.

Claro, es más fácil escribirlo que hacerlo. De seguro que estamos apenas iniciando este periodo. No podía ser de otra forma. Primero teníamos que hacer una evaluación, empezar a renovar, luego a destruir lo que ya no tenía remedio. Ahora inicia el momento de ir a construir.

Reconocemos que no es nada nuevo. Sólo tenemos que tomar los ladrillos bíblicos e iniciar la reconstrucción. Nuevos planes, nuevos programas, (nuevo predicador) y nuevos hermanos nos esperan.

Nuestros primeros cuatro meses. 2.

2. Las tres R.

Llegamos a esta nueva familia cristiana (nueva para mí) con nuestra casa a medio reparar. Todo el año la hemos pasado tratando de darle mantenimiento y un nuevo rostro a esos cuartos que mis padres amablemente me permiten habitar. Restaurar una construcción es la cosa más costosa, cansada y dura que cualquier familia pueda hacer para tener un lugar digno donde vivir. Encontrar a los albañiles ha sido toda una odisea. Luego hemos tenido que mover muebles, ajustar presupuestos (los albañiles siempre te dicen un precio y al final es otro, más elevado), quitar escombros, encontrar más deficiencias de lo que a primera vista se ve… un proceso que no parece tener fin.

No puedo culpar de esto a mis padres: ellos llevan más de cinco años sin habitar ese lugar. Tampoco puedo decir que mi esposa sea la responsable: ella es la que más padece una casa a medio hacer. Es más bien una decisión que en cualquier momento se debe tomar: o arreglas ese desorden o ese desorden te descompone a ti. No hay otra forma de hacer que las cosas pasen que poniendo manos a la obra. Puedes tener una casa de fantasía, pero sólo en tu cabeza. Y tu esposa no puede dormir entre tus neuronas. Estas adecuaciones se tenían que hacer. Era una necesidad. Así que a terminar lo que empezamos.

Algunas lecciones hemos aprendido del proceso de dar mantenimiento a casa y de construir en la iglesia de Neza. Le he llamado las tres R.

Reparar.

Aunque los albañiles te digan lo contrario, hay muchas cosas que solo requieren una manita de gato, un cambio de color, incluso un pequeño adorno para que se vea mejor. No necesitas tirar todo el muro si sólo quieres tapar un agujero causado por un clavo.

En la iglesia ocurre algo similar. De la misma manera que no puedo culpar a nadie de las reparaciones en casa, no puedo transferir culpas a mis hermanos líderes que me precedieron. Porque es fácil echar culpas, pensar que el desorden actual es responsabilidad de los líderes que estuvieron antes. No pocas veces, ante algunos relatos de los hermanos sobre situaciones pasadas, he expresado: “¿En serio, pasó eso que me estás diciendo?”. Temas, situaciones, actividades que uno pensaría que ningún líder en sus cabales podría permitir. Pero ocurrió.

¿Qué hacer? Pudimos decidir por el camino fácil. Tiremos todo lo construido. La estructura del liderazgo, el lugar de reunión, el cuidado de niños… es más: ni mencionen el nombre de los líderes que estuvieron antes. ¿Era lo mejor? Definitivamente no. Muchas áreas de nuestra iglesia no necesitan más que una restauración, a veces profunda, a veces no tanto. Hay áreas de la iglesia que no necesitan más que una reparación. Lo contrario es caro y, creo, contraproducente.

Restaurar es un arte. Lo supo Nehemías cuando llegó a Jerusalén a reconstruir la muralla. Lo saben los consejeros matrimoniales que ayudan a restaurar relaciones de pareja. Claro: Nehemías no dijo: tiremos toda la muralla y hagamos una nueva, de la misma manera, el consejero no dice: “divórciate y búscate un mejor partido”. No. A contracorriente de lo que se piensa popularmente, el líder cristiano no está obsesionado con lo “nuevo” más bien, se relaciona con el concepto de la restauración.

Se necesita paciencia y amor para restaurar una iglesia. Llegamos a Neza y vimos una iglesia con la necesidad de tener lazos de amor fuertes, a prueba de fuego. Había casos de familiares que no se hablaban, de líderes con resentimiento hacia otros líderes, con hermanos que habían dejado de confiar en sus dirigentes. Se tenía que hacer un trabajo difícil, nada espectacular, que pocos aplauden pero que a larga es mejor que todo aquello que es atractivo a la vista humana. Tuvimos que sentarnos para escuchar quejas en matrimonios y en noviazgos, escuchamos adjetivos no muy agradables sobre nuestra iglesia, hermanos que habían olvidado el placer de tener una relación con Dios, la necesidad de llegar a una reunión cristiana donde se alabe y se enseñe a obedecer a Dios. Teníamos que traer de regreso al Dios de amor, celoso y compasivo en el que alguna vez se habían arrojado.

No ha sido fácil. Pero hemos visto ya resultados, acaso incipientes, de bajo perfil; pero ahí están las familias que vuelven a comer juntas a la mesa, vemos a los hermanos que vuelven a considerar a la iglesia como el pueblo santo donde pueden regalar sus dones, ahí están los ojos, los oídos, las manos de los que escuchan con atención y reverencia un sermón. Porque otra de las prácticas que hemos de restaurar es el valor y la importancia de una reunión cristiana. ¿Por qué de cien faltan treinta hermanos a una reunión? Hay que investigar en todos los frentes, pero no podemos permitir que en la iglesia no se reúnan los cristianos. Eso sería una seria contradicción.

En estos meses hemos querido restaurar, pues, el amor a Dios, el amor entre hermanos y el celo por una vida santa. Nada nuevo. Nada para colgarse medallas. Un trabajo arduo. Pero cuando empieza a tomar forma, un trabajo con satisfacciones indecibles.

Nuestros primeros cuatro meses en Neza. 1

1. Los que llegan

Este ha sido un año inolvidable dentro de mi caminar cristiano. En realidad cada uno lo ha sido. En agosto de este año, mi esposa y yo nos convertimos en parte de la iglesia en Neza. Por gracia de Dios, tomamos la responsabilidad de cuidar a un grupo de 105 cristianos. Muchas cosas han sucedido a cuatro meses exactos de esa presentación. Algunos hermanos decidieron alejarse de la familia. Otros decidieron agregarse. Si les digo que hemos dado la bienvenida a cinco nuevos discípulos, les estaría dando sólo números (y, la verdad, nada “espectaculares”); si les digo sus nombres, sólo daría una lista sin sentido; pero hay una historia en cada uno de ellos.

Nada más una muy corta. Ella se llama Pilar. Tiene mi misma edad, es decir, es muy joven. Madre de dos hijas, Pilar sufrió por la separación de su pareja. Aquella fue una relación tormentosa y enfermiza que dejó huellas emocionales tremendas en ella. Un día le pidió ayuda a mi esposa. Llegó como todos: “ya no puedo” fueron sus palabras. Mi amada esposa le compartió del evangelio, luego la llevó a la iglesia. Ahí, el amor de nuestro Padre se hizo patente. Hizo amistad con otras hermanas que le enseñaron que el único camino, que la única verdad y que la vida verdadera está sólo en Jesús. Pilar luchó con su ego, con sus recuerdos, con su futuro. Pero decidió hacer de Jesús su Señor y su Salvador. El domingo pasado, en medio de nuestra fiesta de fin de año, ella declaró públicamente su fe y fue bautizada. Ahora la veo llena de fe, de alegría. Es obvio: es una nueva persona.

Seguramente esta historia se repite con otros nombres, con otros lugares y en otros tiempos. Pero si la comparto ahora es porque esa nueva hermana es… mi prima. Ahora la hija de mi tía es también mi hermana en Cristo. Usted, querido lector, quizá me comprenda si no encuentro las palabras necesarias para expresar lo que uno siente cuando una persona con la que prácticamente creció junto, la ve pasar de la muerte a la vida espiritual. Es un milagro. Después de más de una década de caminar con Cristo, puedo compartir que mi hermana, su esposo y mi prima son seguidores del Maestro al que he seguido yo.

¿Cómo no tener un amor particular por la familia espiritual que recibe con tanto amor a tu familia de sangre? ¿Cómo no defender, cuidar, enseñar y animar a esa porción del pueblo de Dios? Esa iglesia puede tener tantos defectos como humanos hay ahí, pero sé que el Espíritu Santo se está moviendo. No por números: por vidas transformadas.

Me faltaría espacio para contar la historia de Octavio (joven, papá soltero, bailador y entusiasta -apenas ayer lo veía cantar a Dios con esa pasión que da la gratitud-), de Bernardino (señor de 58 años, persistente, amable, compositor de música), de Leslie (joven soltera que siempre está apuntando las clases, preguntando y con una sonrisa de oreja a oreja), de Susana (que regresó a la familia luego de vivir en carne propia la parábola del hijo pródigo). Y todavía necesitaría escribir sobre aquellos que hoy mismo están interesados en conocer de Cristo, de los jóvenes, de los matrimonios, de los estudiantes que en estos 120 días hemos visto acercarse a nuestra Iglesia. Algunos van y vienen, otros se quedan. Pero en todos se nota esa necesidad de llenar un hueco que no se llena con este mundo sino con esa porción inaprensible, con esa parte de trascendencia que nosotros, los seguidores de Jesús, la identificamos única y exclusivamente en el Padre eterno.

Sí: evangelizar no es cuestión de llenar salones, templos, estadios; más bien es cuestión de llenar del Espíritu ese vacío que existe en todo humano alejado de su Creador.

Adán, Caín y Abel

Esta semana, Hugo Zacarías nos compartió una reflexión muy interesante y profunda. Desde Génesis 4, Hugo recordó que los padres cuentan historias a sus hijos. Yo bromeo con mi padre porque cuando empieza a contar su juventud, digo que la plática se pone en película en blanco y negro o color sepia. Sí: el ser humano ha vivido de historias contadas de padres a hijos. Hay una memoria colectiva y oral que incluso rebasa los más actuales dispositivos tecnológicos. La palabra oral es fuente de recuerdos, de afirmación, de identidad. El día que la computadora se extinga, la memoria transmitida vía oral, quedará.

Pero luego, Hugo lanzó la pregunta de la noche: ¿qué contaba Adán a sus hijos? Como todas las buenas preguntas, en su sencillez encerraba una profundidad tremenda. En el momento que terminó de formularla, me quedé pensando en la respuesta. ¿Hablaba del Edén? ¿Echaba la culpa a Eva por su expulsión? ¿Les decía que en esos días no tenía que trabajar para comer? ¿Hablaba de ese Dios que paseaba por Edén? ¿Les contó el romance espiritual entre él, Eva y Dios?

Ay, Hugo, ¿por qué nos lanzas esos enigmas? Y ustedes, lectores atentos, ¿qué piensan que platicaba Adán con sus hijos?

Ricardo Sánchez, duerme el sueño de los justos

Ricardo Sánchez, cristiano de años, verdadero siervo de Dios, ha fallecido. Con ello, Ricardo ha pasado a formar parte de los justos que esperan la resurrección. Los que lo conocimos fuimos testigos de su fe inquebrantable. Por su enfermedad, durante los últimos años llegar a un servicio era toda una odisea. Pero Richard estaba siempre ahí.

Un día antes de que Dios lo llamara, Richard habló por teléfono con un hermano para decirle que ahí, en el hospital, seguía peleando la buena batalla. Como siempre.

Nos sentimos tristes porque no lo veremos llegar a alabar a Dios. Sentimos ya nostalgia. Lo vamos a extrañar. Pero también sentimos una dicha enorme al saber que su santificación ha tomado forma. “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?”. Nos veremos un día, hermano. Por lo mientras, descansa. Te espera un gran premio que te dará el Padre, el mismo con quien hablaste hasta el final.

Visita a Puebla. Conferencia estudiantil

Regresamos de Puebla. Un grupo de 30 hermanos fue huésped de 70 amigos que visitaron el sábado al grupo más joven de cristianos en nuestra hermana Iglesia de Puebla.

Tuve el privilegio de dar las clases principales en sábado y domingo. Nos sentimos abrumados por la recepción, la hospitalidad, la cordialidad, el amor que Omar y su esposa, Juan Carlos y Ale, Anita Añorve y todos los hermanos nos mostraron. Esperamos que Dios añada a más creyentes y que sean bendecidos. Sus jóvenes son talentosísimos, llenos de energía y de ganas de amar y seguir a Dios. Su alabanza me conmovió. Agradezco a Dios por la comunidad de cristianos en Puebla.