2. Las tres R.
Llegamos a esta nueva familia cristiana (nueva para mí) con nuestra casa a medio reparar. Todo el año la hemos pasado tratando de darle mantenimiento y un nuevo rostro a esos cuartos que mis padres amablemente me permiten habitar. Restaurar una construcción es la cosa más costosa, cansada y dura que cualquier familia pueda hacer para tener un lugar digno donde vivir. Encontrar a los albañiles ha sido toda una odisea. Luego hemos tenido que mover muebles, ajustar presupuestos (los albañiles siempre te dicen un precio y al final es otro, más elevado), quitar escombros, encontrar más deficiencias de lo que a primera vista se ve… un proceso que no parece tener fin.
No puedo culpar de esto a mis padres: ellos llevan más de cinco años sin habitar ese lugar. Tampoco puedo decir que mi esposa sea la responsable: ella es la que más padece una casa a medio hacer. Es más bien una decisión que en cualquier momento se debe tomar: o arreglas ese desorden o ese desorden te descompone a ti. No hay otra forma de hacer que las cosas pasen que poniendo manos a la obra. Puedes tener una casa de fantasía, pero sólo en tu cabeza. Y tu esposa no puede dormir entre tus neuronas. Estas adecuaciones se tenían que hacer. Era una necesidad. Así que a terminar lo que empezamos.
Algunas lecciones hemos aprendido del proceso de dar mantenimiento a casa y de construir en la iglesia de Neza. Le he llamado las tres R.
Reparar.
Aunque los albañiles te digan lo contrario, hay muchas cosas que solo requieren una manita de gato, un cambio de color, incluso un pequeño adorno para que se vea mejor. No necesitas tirar todo el muro si sólo quieres tapar un agujero causado por un clavo.
En la iglesia ocurre algo similar. De la misma manera que no puedo culpar a nadie de las reparaciones en casa, no puedo transferir culpas a mis hermanos líderes que me precedieron. Porque es fácil echar culpas, pensar que el desorden actual es responsabilidad de los líderes que estuvieron antes. No pocas veces, ante algunos relatos de los hermanos sobre situaciones pasadas, he expresado: “¿En serio, pasó eso que me estás diciendo?”. Temas, situaciones, actividades que uno pensaría que ningún líder en sus cabales podría permitir. Pero ocurrió.
¿Qué hacer? Pudimos decidir por el camino fácil. Tiremos todo lo construido. La estructura del liderazgo, el lugar de reunión, el cuidado de niños… es más: ni mencionen el nombre de los líderes que estuvieron antes. ¿Era lo mejor? Definitivamente no. Muchas áreas de nuestra iglesia no necesitan más que una restauración, a veces profunda, a veces no tanto. Hay áreas de la iglesia que no necesitan más que una reparación. Lo contrario es caro y, creo, contraproducente.
Restaurar es un arte. Lo supo Nehemías cuando llegó a Jerusalén a reconstruir la muralla. Lo saben los consejeros matrimoniales que ayudan a restaurar relaciones de pareja. Claro: Nehemías no dijo: tiremos toda la muralla y hagamos una nueva, de la misma manera, el consejero no dice: “divórciate y búscate un mejor partido”. No. A contracorriente de lo que se piensa popularmente, el líder cristiano no está obsesionado con lo “nuevo” más bien, se relaciona con el concepto de la restauración.
Se necesita paciencia y amor para restaurar una iglesia. Llegamos a Neza y vimos una iglesia con la necesidad de tener lazos de amor fuertes, a prueba de fuego. Había casos de familiares que no se hablaban, de líderes con resentimiento hacia otros líderes, con hermanos que habían dejado de confiar en sus dirigentes. Se tenía que hacer un trabajo difícil, nada espectacular, que pocos aplauden pero que a larga es mejor que todo aquello que es atractivo a la vista humana. Tuvimos que sentarnos para escuchar quejas en matrimonios y en noviazgos, escuchamos adjetivos no muy agradables sobre nuestra iglesia, hermanos que habían olvidado el placer de tener una relación con Dios, la necesidad de llegar a una reunión cristiana donde se alabe y se enseñe a obedecer a Dios. Teníamos que traer de regreso al Dios de amor, celoso y compasivo en el que alguna vez se habían arrojado.
No ha sido fácil. Pero hemos visto ya resultados, acaso incipientes, de bajo perfil; pero ahí están las familias que vuelven a comer juntas a la mesa, vemos a los hermanos que vuelven a considerar a la iglesia como el pueblo santo donde pueden regalar sus dones, ahí están los ojos, los oídos, las manos de los que escuchan con atención y reverencia un sermón. Porque otra de las prácticas que hemos de restaurar es el valor y la importancia de una reunión cristiana. ¿Por qué de cien faltan treinta hermanos a una reunión? Hay que investigar en todos los frentes, pero no podemos permitir que en la iglesia no se reúnan los cristianos. Eso sería una seria contradicción.
En estos meses hemos querido restaurar, pues, el amor a Dios, el amor entre hermanos y el celo por una vida santa. Nada nuevo. Nada para colgarse medallas. Un trabajo arduo. Pero cuando empieza a tomar forma, un trabajo con satisfacciones indecibles.