El matrimonio homosexual. Mi (modesta) reflexión

El tema está tan lleno de lugares comunes, prejuicios, banalidades, trivialidades, absurdos, polarizaciones, miedos, contradicciones y soberbia que comentarlo no deja de provocarme cierto hastío. Van algunas reflexiones a vuelo de pluma y sin orden jerárquico de importancia.

La obsesión de la tradición

No deja de ser curioso que una comunidad típicamente anti-tradición pelee por establecer una institución tradicional por excelencia. El matrimonio y la familia son temas que se tratan en foros como este, donde la religión, los valores morales y otras entelequias son el modo de interpretar la realidad. Resulta que la comunidad homosexual ahora lucha por casarse y tener familia “como todos”. Por fin: somos o no somos.

Políticas públicas

Me contradicen diciendo: “es que no es por la familia, sino por los recursos públicos a los que tienen derecho”. Argumento interesante. La ley al servicio de la comunidad. Si homosexuales y heterosexuales pagan (y padecen) impuestos, tendrían el derecho a recibir el mismo trato legal. Lo compro. ¿Cuáles son los derechos y obligaciones legales de los cónyuges? Pues si ellos quieren atarse con un papelito, que lo hagan. Sinceramente, como creyente cristiano, no me despeina. Al rato se inventan las terapias de pareja homosexuales, se crea un nicho de mercado, se fomenta la economía y se gradúan más psicólogos (que Dios nos libre).

No me espantan (moralmente) los alegatos de homosexuales para ser como heterosexuales, digo, para tener obligaciones legales como todos (aunque ellos se sientan orgullosos de no ser como todos y aunque esos todos no sepan qué es ser como todos). Pero digo, ¿no sería mejor gastar sus energías en una campaña educativa para respetar la decisión de que te guste lo que sea? O sea: se van a poder casar y, al mismo tiempo, abundarán los Esteban Arce y bodrios espantosos como Los exitosos Pérez donde se ridiculiza a los homosexuales. Irán al registro civil y estarán casados por todas las leyes pero desde la tele los seguirán humillando. Si yo fuera minoría, administraría mejor mis esfuerzos: ambas cosas y con igual ímpetu. Que me respete la ley y que me respete la sociedad.

Tolerancia, respeto y arrogancia

El debate no es, entonces, sólo legal. Pero lo hemos escuchado desde los extremos. A los homosexuales se les tilda de anormales. A los heterosexuales de hipócritas. Y así ad nausea. Los cristianos deben respetar a los homosexuales: he ahí un hecho irrefutable. Más allá del debate espurio de qué es ser normal o qué es natural, la realidad es que se debe aplicar la ley de oro: “haz con los demás como quieras que hagan contigo”. Pero del otro lado, no debiera existir ese afán posmoderno de implantar una idea como superior o incluso igual a otra. En el debate público no se dirá eso, pero en el que se escucha tras bambalinas hay un detestable olor a falacia: que las ideas, todas, son respetables. No. Ellos tienen el derecho a casarse y hacer con su vida lo que quieran. Sí. Yo tengo el derecho a decir que no estoy de acuerdo y que incluso me parece una aberración. También. Lo respetable, lo moralmente superior es la vida humana. O sea: atacaré la idea que la homosexualidad es moralmente igual a la heterosexualidad. Debatiré las razones y los argumentos. Pero jamás atentaré contra la vida de un homosexual.

Estoy a favor de la tolerancia si esta no es un disfraz de imperialismo ideológico. En todo caso, así como a ellos les molesta que un ministro religioso los ataque desde el púlpito, el ministro religioso tiene el derecho de molestarse cuando la intelligentsia se pitorrea de ellos desde el Gay Parade. ¿O no?

La cuestión de la adopción

La religión, aceptémoslo, se ha encargado de prejuiciar contra los homosexuales a la población. No sólo es la religión, también hay que decirlo. Televisa (y TV Azteca) ha sido una fructífera fábrica de discriminación y burla contra los homosexuales. Y ahora el PAN pregunta: ¿crees que hijos de homosexuales sean discriminados? Vaya pregunta absurda. Es como si el ladrón regresara al otro día para pregunta: ¿crees que te voy a volver a robar? La respuesta es obvia: sí, van a ser discriminados.

La pregunta, creo, es: ¿dónde tendrán mejor calidad de vida: en un orfanato o en casa de una pareja homosexual? La verdad es que desconozco la respuesta. Pero mi sentido común me dice que un ser humano tiene una calidad de vida mejor cuando vive entre gente que lo ama y lo respeta que en la calle.

En lo que deberíamos enfocarnos

Aquí hablo a la comunidad de creyentes. Me dicen que ley crea costumbre. Pero creo que no es una regla general: uniones homosexuales ya existen (igual que abortos), con o sin ley. Creo que las iglesias deberíamos enfocarnos en lo que nos atañe: predicar el amor de Jesús, ser luz (supongo que moral) en nuestra sociedad, vivir esos preceptos que a veces sólo sabemos enunciar pero poco practicar. Digamos que debemos enfocarnos en ser los brazos, los pies, los ojos, la caricia de Dios. Todo lo demás, con todo respeto a mis colegas (de ambos lados) me da una flojera monumental. Que los demás canten misa. Yo sigo creyendo y viviendo en y para mi fe.

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Un comentario »

 
  • israel dice:

    Leyendo acerca de otros temas encontré por casualidad este espacio.
    En este espacio puedo notar el apego al cristianismo lo cual me hizo voltear a ver esta reflexión que se comenta. Deduzco entonces que la reflexión es desde el punto de vista de creyente cristiano.

    Mi pregunta es:
    ¿Cuál es la posición del cristianismo respecto a la homosexualidad?,
    ,es decir, más especificamente:
    - ¿Es aceptada?, si o no y ¿porqué?

 

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